lunes, 5 de enero de 2009

MEDITACIÓN SOBRE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR


Y LE OFRECIERON DONES... (Mt 2,11)

Mucho más que la sencilla y escueta narración del evangelio de Mateo de la adoración de los magos en Belén, fue la brillante visión del profeta Isaías lo que inspiró el corazón y el espíritu del cristianismo. Nuestros nacimientos sólo toman de Mateo su núcleo principal, pero, en sus detalles, siguen la audaz visión del vidente: los dromedarios, los camellos, las riquezas de los pueblos se toman de este último. Así la hermosura y la grandeza de la tierra se inclinan ante la pobreza, ante el Niño del establo. Pero esto, ¿no es en realidad un sueño, que debe ceder a una realidad más sobria y más modesta? Ahora bien, Isaías no nos muestra un determinado momento, sino que su visión se dirige a la vez a la lejanía de los siglos. Después de tanta oscuridad y tanta desilusión, brilla desde Sión una luz, que irradia su resplandor sobre el mundo, y una peregrinación se organiza hacia allí de toda la tierra; el corazón de Israel palpita de alegría ante ese resplandor inesperado.
¿Pero nuevamente no es esto un sueño? ¿O no es la verdad? ¿No surge de hecho del corazón de Israel una luz que ilumina a través de los siglos? Los magos del evangelio son únicamente el comienzo de una inmensa peregrinación, en la que la magnificencia y la hermosura de esta tierra se ponen a los pies de Cristo: el oro de los mosaicos del antIguo cristianismo, la luz policromada de las vidrieras de nuestras grandes catedrales, la alabanza de las piedras, el canto navideño de los árboles del bosque son para él, y los instrumentos músicos hallaron sus modos más hermosos cuando se postraron a sus pies. También el sufrimiento del mundo, sus penas y trabajos vienen a él para encontrar, al menos durante unos instantes, ante el Dios que se ha hecho pobre, el alivio y la comprensión.
Evidentemente, todos nosotros nos hemos hecho hoy un poco puritanos: ¿no hubiera sido mejor entregar todos esos tesoros a los pobres? Pero nos olvidamos, al hacer esa pregunta, de que la hermosura y la magnificencia que se regaló al Señor es la única propiedad común del mundo. ¡Qué contraste entre las residencias y las iglesias, entre los museos y las catedrales! ¡Qué diferencia se observa si se trabaja en el Louvre, en los Offici, en el Museo Británico o si se coincide rezando en una iglesia viva en la alabanza de las piedras! La riqueza que se ha regalado al Niño de Belén se adecúa a todos y todos la necesitamos como el pan. El que quita lo hermoso a un niño, para convertirlo en algo útil, no le ayuda, sino que le causa daño: le quita la luz sin la cual todos los cálculos son fríos y se convierten en nada.
Ciertamente, si nosotros empalmamos con esta peregrinación de los siglos, que pretende derrochar lo más hermoso de este mundo para el Rey recién nacido, no deberemos por ello olvidar que él siempre sigue viviendo en el establo, en la cárcel, en las favelas y que nosotros no le alabaremos si no somos capaces de encontrarle allí. Pero el conocimiento de ese hecho no debe impulsarnos a una dictadura de lo útil que proscriba la alegría y que dogmatice una austera seriedad. La preocupación por la belleza de la casa de Dios y la preocupación por los pobres de Dios son algo inseparable: no sólo necesita el hombre de lo útil, sino también de lo bello; no sólo de una casa propia, sino de la proximidad de Dios y de sus signos. Donde él es glorificado y exaltado se hace la luz a nuestro corazón. Donde no se le da nada a él se esfuma también lo otro; pero donde son excluidos sus pobres tampoco se hace caso de él.
JOSEPH RATZINGER
EL ROSTRO DE DIOS
SÍGUEME. SALAMANCA-1983.Págs. 71 s.