miércoles, 14 de enero de 2009

LECTIO DIVINA- Segundo Domingo del Tiempo Ordinario





I SAMUEL 3, 3b-10. 19En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy». Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, vengo porque me has llamado». Respondió Elí: «No te he llamado; vuelve a acostarte». Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel. Él se levantó y fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado». Respondió Elí: «No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte». Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la Palabra del Señor. Por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y él se fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado». Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel: «Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha”». Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y le llamó como antes: «¡Samuel, Samuel!» El respondió: «Habla, que tu siervo escucha». Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse.

I CORINTIOS 6, 13c-15a.17-20Hermanos: El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor, para el cuerpo. Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al SeZor es un espíritu con él. Huid de la fornicación. Cualquier pecado que cometa el hombre queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica peca en su propio cuerpo. ¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!

JUAN 1, 35-42En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios». Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?» Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro): ¿dónde vives?» Él les dijo: «Venid y lo veréis». Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)». Y lo llevó a Jesús. Jesús se lo quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón el hijo de Juan, tú te llamarás Cefas (que significa Pedro)».

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COMENTARIOS
«Maestro, ¿dónde vives?»
Es la pregunta que le hacen a Jesús dos discípulos de Juan. Jesús «pasaba», y Juan se lo presenta: «Éste es el Cordero de Dios». Para el israelita piadoso, la expresión «cordero de Dios» evoca la historia de salvación realizada por Dios con su pueblo, rememorada cada aZo en la fiesta de Pascua con el sacrificio de los corderos. Este «Cordero» es también la víctima inocente, el Siervo de Yahvé de los Cantos de Isaías, que carga sobre sí los pecados de la humanidad. Por eso, la presentación que el Bautista hace de Jesús es bien sugerente y atractiva, y los discípulos se sienten orientados hacia aquel personaje y le siguen.

Invitación al seguimientoComo ocurre con tanta frecuencia en los evangelios, la respuesta de Jesús es una invitación al seguimiento. Para Jesús, no se trata de almacenar saberes, sino de vivir una experiencia: «Venid y lo veréis». Tal vez uno de los errores que hemos vivido y seguimos viviendo en la Iglesia es que hemos desarrollado mucho el conocimiento y las teorías, que con ello hemos creado divisiones entre formas diversas de pensamiento, y que hemos olvidado con frecuencia el proyecto de Jesús: la fraternidad universal y la paternidad de Dios, que muestra su amor a todos en su preferencia por los pobres y por los que sufren.

La Palabra se hizo carne
Y esto nos ha ocurrido incluso con la Biblia. La Biblia sólo es Palabra de Dios cuando somos capaces de llegar a la cumbre de su significado: «La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros» (Juan 1, 14). La Palabra, lo que llamamos y veneramos como «Palabra de Dios», es mucho más que un libro: es una Persona, Jesús de Nazaret, plenitud de lo que Dios es cuando se dice a sí mismo en su «logos» eterno hecho hombre en la historia humana, para hablar a los hombres las palabras de Dios y el amor que Dios les tiene. No es una palabra para ser conocida, sino para ser encarnada y vivida.
Sólo Jesús debe ser seguido
El conocimiento del Dios cristiano sólo se alcanza en el seguimiento de Jesús. Por eso, la invitación de Jesús a los discípulos de Juan, «venid y lo veréis», no es un capricho del que busca hacer prosélitos, pecado muy frecuente. Sólo Jesús debe ser seguido. Juan Bautista lo tiene claro: «Él es más grande que yo». Y seZala a sus discípulos a quién deben seguir: «conviene que Él crezca y yo mengüe». La búsqueda de Jesús, el encuentro con Jesús, el seguimiento de Jesús es el sentido de la vida de todo cristiano: «Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo». Un conocimiento en el que toda la persona y toda su vida se sienten implicadas e interpeladas.
Un encuentro decisivo
Muchas homilías comentarán hoy cómo quedó grabado aquel encuentro en el corazón del que lo relata. Pasados muchos aZos, recordará que «serían las cuatro de la tarde». Seguramente, todos nosotros recordamos momentos en los que ocurrió algo importante en nuestra vida. Es la experiencia a la que Dios nos llamó y nos sigue llamando, es el momento que Jesús desea para nosotros: nuestro encuentro con Él.

Lo llevó a Jesús
Desde su encuentro con Jesús, los discípulos se convierten a su vez en nuevos «presentadores»: «Hemos encontrado al Mesías», dice Andrés a su hermano Simón Pedro. Y lo lleva a Jesús. Jesús se le queda mirando y le dice: «Tú eres Simón; tú te llamarás Cefas». También aquí debemos conocer la importancia que tiene en el mundo israelita el «dar nombre» a las personas y el significado que ello tiene en el futuro y en la actividad de esa persona. Se cierra así el ciclo del encuentro con Jesús: la vida, mi vida, tiene un significado a la luz de Jesús. Algo tengo que hacer yo en lo que Él ha venido a hacer al mundo. He quedado implicado en su tarea, en su proyecto, en la realización del Reino. Para que lo podamos hacer, nos dijo que estaría con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, y que su Espíritu nos iría conduciendo hacia la verdad completa. Un Espíritu capaz de transformar los dones que vamos a poner en el altar, y que tiene fuerza para transformar también nuestras vidas.

PREGUNTAS:
¿Me atrae con fuerza la persona de Jesús? ¿Le estoy siguiendo?
¿Qué personas y situaciones me ayudan a vivir el encuentro con Jesús?
¿He llevado a alguien a encontrarse con Jesús? ¿A quién se lo he presentado?